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Honrar la palabra

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Por Olivia López Pescador

El incumplimiento de la palabra no sólo está arraigado entre la clase política, sino también es un vicio ancestral del ciudadano común, al que se le hace fácil dejar de honrar su palabra en las pequeñas cosas de la vida diaria.

No sólo en el ejercicio del poder, se falta a la palabra empeñada, después de que durante las campañas políticas “embaucan” a la sociedad para que voten por ellos, prometiéndoles todo aquello que de antemano no piensan cumplir o saben que no es posible hacerlo.

 


Si usted es incapaz de cumplir lo prometido, como el simple hecho de pagar una deuda en la fecha establecida, llamar a la hora convenida, cumplir una cita, llevar a los hijos al parque o comprarles la mascota prometida; entonces no se queje cuando un político prometa bajar los impuestos y en lugar de ello los suba, u ofrezca generar empleos y al contrario se quede más gente sin trabajo.

Ni se moleste cuando un político jure o  perjure que estará en su cargo durante los próximos 3 o 6 años, no lo cumpla y sólo utilice su nuevo puesto como “trampolín” político para sus nuevas aspiraciones; ni se enoje, si le ofrecieron pavimentar su calle o brindarle los servicios necesarios y no lo hicieron.

Bien refiere el viejo adagio: “prometer no empobrece, dar es lo que aniquila”.

Marco A Almazán, describía en el año de 1974, en su libro: “Cien años de humedad” en el apartado de “A ver cuando nos vemos”, un comportamiento típico de los mexicanos; de aquellos que dicen esa frase cuando se encuentran con algún conocido, pero no tienen la menor intención, ni el más mínimo deseo de volverse a ver, de lo contrario fijarian en ese momento la fecha y hora de la reunión.

Sin embargo, refiere que esa obsequiosa urbanidad nos viene heredada de los indios y nuestro estilo churrigueresco heredado por los españoles, que nos impide decir claramente que no nos interesa volver a dicha persona. Ya que de esta forma, quedamos como personas bien educadas. (Almazán, 1974).

Es innegable que a mucha gente le da lo mismo, cumplir con el valor ético de la palabra empeñada, aunque esto diferencie a una persona confiable de la que no lo es. Sin embargo esto no es nuevo, más bien es un asunto cultural…no se si es una costumbre mundial, de todo México, pero al menos en Puebla, es uno de los vicios más arraigados…”el faltar a la palabra empeñada”.

¿Cuantas veces se ha quedado esperando horas para que le devuelvan una llamada de trabajo o personal?, cuando la otra persona prometió hacerlo en 5 minutos; ¿Cuántas veces se ha quedado “plantado” esperando alguna cita ya sea en su casa o en algún restaurante “vestida o vestido y alborotado”, por que alguien le dijo un discurso de antología de amor eterno y prometió salir con usted?.

Es una pena, que en nuestra sociedad se tenga la tendencia de menospreciar su propia palabra, es decir, que la persona no sea capaz de cumplir lo ofrecido, que lástima que aquí las 10:00 de la mañana no sean las 10 de la mañana; sino varios días después –si bien nos va. Es lamentable que para muchos ciudadanos sus propias palabras no correspondan a sus actos y sólo de “dientes para fuera” prometan algo, que no piensan cumplir, para quedar bien en el momento como una persona “bien educada”.

En cuantas ocasiones hemos escuchado contestadoras o buzones de voz, que dicen: “En este momento no podemos atenderlo o me encuentro ocupado, pero deje su mensaje y nosotros nos comunicaremos”, yo creo que más bien tendría que decir… “nosotros no nos comunicaremos”, no esté dando lata…sólo lo dije para escucharme educado y para salir del paso.

Como dijera José Chou director de Finanzas de la Asociación Peruano China (APCH), si cada líder de cualquier campo, que cree en el valor de honrar la palabra, se comprometiera a difundir con el ejemplo este principio ético, sería posible con perseverancia, el ir transformando la cultura de la excusa. por la del cumplimiento de la palabra empeñada.

Pero no se crea que la falta de cumplimiento de la palabra es algo nuevo, ¡No!, este mal existe desde que el hombre es hombre, ya que hasta Adán y Eva prometieron no comer el fruto prohibido y desobedecieron, lo que provocó que los echaran del paraíso.

De igual forma, hay que recordar la Parábola de los dos hijos, en la que un hombre que tenía dos hijos, le dice al primero que vaya a trabajar a la viña y éste le dice que no quiere ir, pero al final de cuentas se arrepiente  y va; pero al llegar el segundo hijo, le ordena lo mismo y éste le promete que si irá, pero al final no va.

¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?, por supuesto que el primero, que si hizo lo que le pidió el padre, a diferencia del segundo que prometió pero no cumplió. De igual forma, hoy en día, también encontramos en los hogares, a padres que prometen a sus hijos muchas cosas y no las cumplen o los propios hijos que prometen portarse bien o estudiar y no lo hacen.

Está claro, que si cada quien cumpliera lo prometido o cualquier persona de la sociedad civil cumpliera su palabra en cosas tan insignificantes como el llamar a la hora convenida, cumplir una cita o si los comerciantes y prestadores de servicio cumplieran con las fechas convenidas de entrega y con la calidad ofrecida, no habría tantos casos en litigio para obligar a la gente a cumplir lo ofrecido.

Si la clase política cumpliera lo que promete en campaña, no seríamos un país pobre y con tanta gente muriéndose de hambre, habría los empleos ofrecidos, estaríamos realmente en vías de convertirnos en un país de primer mundo.

Pero, mientras a mucha gente de nuestro propio estado no le caiga el veinte, de la importancia que tiene el  honrar la palabra empeñada y no sea capaz de cumplir en las “pequeñeces” de la vida diaria, no va a ser capaz de cumplir cosas de suma importancia y nuestro estado va a seguir  manteniendo bajos índices de crecimiento, de competitividad y altos niveles de pobreza, ¡Por la falta del cumplimiento de la palabra!.
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